Novena, día cuarto.



En Colombia uno aprende que hay cosas que se llevan en silencio. No se habla de religión ni de política, porque hasta hace muy poco eso significaba correr peligro. Ese silencio nos ha hecho ser una especie de seres políticos vergonzantes que acumulan (acumulamos) una serie de rabias, de heridas, que no logran sanarse. Heridas familiares, generacionales, que no dejan de supurar cada vez que encuentran un poco de aire. Desde la arquitectura de las casas campesinas hasta lo no escrito sobre la etiqueta de los encuentros familiares, sabemos que el equilibrio siempre está en peligro de romperse. No es gratuito que el Día de la Madre sea uno de los días más violentos del año, o que la policía tema las navidades por el incremento del trabajo. No es gratuito el silencio frente a historias que horrorizarían a Kubrick.

Es hora de sanar. 

Tenemos que hacer de la recomposición de los lazos vecinales un imperativo. Hay que ir desescalando la agresión. Hay que asumir el dolor ajeno como una corresponsabilidad y como un lugar de intervención. No veo otra manera de sanar el dolor propio. Hay que sanarnos como comunidad y reencontrar el sentido que Dios le dio a la idea de Iglesia. Ver en el otro la única salida posible, porque es en el otro, como ser, como parte y creación divina, donde vamos a lograr la sanación propia. Tenemos que entender que el otro, como Dios, es.

No voy a mentir tampoco: tengo muchísima rabia, desilusión, tristeza. Hay posiciones políticas que me parecen franca pereza mental, formas de corrupción y ligereza moral. Pero creo, también, que es el dolor el que funciona como lente preponderante. Sé, por mi experiencia lectora (variada en material, aunque con poquito tiempo), que no hay otra manera que la escucha honesta y el amor incondicional.

Hoy trabajo con la palabra. Es el último de los caminos que he recorrido. He sido profesora de música, cantante, docente, docente, docente, investigadora en derechos humanos, madre desde hace dieciséis años, traductora. He trabajado en puestos administrativos relacionados con educación; he coordinado y evaluado proyectos. Cuando puedo, hago karate, cocino, bordo, cuido, leo, amo.

No sé si logre otros textos de esta súplica. Pero les pido, por favor, que me ayuden a que nuestro presidente sea alguien que respete la palabra y lo que la palabra encarna. Que nos demos la oportunidad del perdón y la escucha. Desde y para el amor. Amén.

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