Novena, día primero.

Novena, día primero. 

Primero quiero pedir perdón. Entrar a este día primero con las manos vacías y el corazón dispuesto. Perdón por juzgar, perdón por no hacer bien mi trabajo al compartir la palabra, perdón por si interpreto algo que no es. Ahora quiero pedir que Dios, padre y madre de la vida, me dé la sabiduría necesaria para lo que me dispongo a hacer. Madre, limpia mis manos y mi corazón de todo dolor que no me permita la ternura y ayúdame a tejer, desde tus palabras, un nuevo manto para mi comunidad.

Compañeras, amigas, queridas (con el femenino inclusivo). Quiero que pensemos un poco en el origen de esta historia que nos ha acompañado el camino desde siempre. Antes de la creación del mundo Dios ya imagina. Dios sueña con la bóveda celeste y con los cuerpos de agua. Dios sueña animales y plantas, luz y oscuridad. Como un artesano, reconoce su material: "el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas", y empieza a modificarlo. El tiempo antes de los tiempos es el deseo, el sueño, la imaginación. Como la madre que se prepara para recibir en su vientre a lo que será su hijo, sueña con su risa, sus dedos minúsculos, su voz y su alegría. Prepara su cuerpo para que en un acto de amor el niño decida formarse en sus entrañas.

En los primeros días de la creación Dios se concentra y transforma el mundo. Todo con tiempo y disciplina. La Biblia no nos dice que Dios hizo el mundo en tres segundos. Nos habla de un proceso que es lento y constante. Dios es sabio y sabe que la semilla, para brotar, necesita descansar primero bajo tierra y que ese primer paso ni se ve ni se puede apurar. Crea el día y crea la noche y, con ellos, la posibilidad de trabajo y descanso. Dios crea el tiempo y, con el tiempo, la posibilidad de reflexión y acción, de música y silencio, del ritmo necesario para existir y respirar. Luego crea la tierra y los mares y, día a día, todo lo que contienen. Para, evalúa y se felicita cuando ve su obra: seres vivientes y lámparas en el firmamento; especies del campo y reptiles de la tierra, y por último, al final... la humanidad. Celebra su creación y se toma un día para descansar. 

Dios, madre y padre de la vida, en este primer día te pido que nos concedas la sabiduría y la valentía de defender tu obra y creación. Danos la capacidad para conservar este tesoro con la riqueza y la complejidad con la que fue imaginado. Déjanos darle tiempo a la semilla para que brote; que no esperemos que en cuatro años pueda crecer, en un desierto, un árbol centenario. Permítenos, madre, cuidar de todas tus hijas: cielos y tierra, firmamento y mares, monstruos marinos, aves y animales salvajes, plantas con semillas y árboles frutales. Y, por favor, siempre danos la alegría y la tranquilidad para celebrar, soñar y disfrutar tu creación. Amén. 



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