Del alambre, II.
Tomo esta maderita con cuidado. Nunca llegué a ofrecerla. Una maderita. No fue más. Una maderita con ínfulas, semilla de Calder. Parecida al pajarito de tu mesa. Un alambre dorado de mejor calidad, claro. Sé de dónde salió. Sé que no llegó a mí. Sufrimos de la misma enfermedad. Aires de equilibrio abandonados en montoncitos. Proyectos de cometas, vidriecitos de colores, planos tan sencillos, tan logrables por otros mientras tú y yo congelados ante el desborde no los dejamos ni moverse en el viento ni ser luces de colores contra el sol ni representar los cantos del mundo en nuestras ventanas. Mi maderita, humilde, recogida en un camino cualquiera, se quedó también esperando ese espacio en tu biblioteca. No es hoy más que madera, alambre y piedra. Un canto desafinado, sepia polvoso manchando mi piel.