No hay un día, no en estos últimos tiempos, en el que el viento entre por la ventana, mueva las cortinas, y despeine un poco los helechos. Hay siempre un ruido en el vidrio, una especie de resolana que quema el mosquitero, un olor fétido viajando, algún bicho atrapado, algo demasiado, todo el tiempo. Hace unos pocos, por ejemplo se regó el café: todo el piso de la cocina se cubrió de granos oscuros y pelos de perro mientras en la sala hojas de distinta naturaleza y en el pecho esta inhabitancia de recuerdos y tiempo por igual. Después, me avisaron de la mordedura de un perro, de la falta de agencia de la vejez. Hombre, yo soy una mujer apenas saliendo del medioevo a punta de letras y escoba. Hoy, para colmo de males, murió una luz una de esas que era faro y hoguera. Y no tengo una iglesia cerca, ni un amigo cerca. O sí. Hay iglesias y hay amigos. Pero ninguno de los últimos que sepa habitar las primeras, o ninguna d...
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Izanagi naufraga, Izanami toma café