La bella
Si el famosísimo hilo rojo existe, el mío tiene un centro amarillito y se le olvidó que me tenía que unir con una persona, no con una porción de tierra, una paleta de colores y un canto de madrugada. Se divierte enredándome con calles de fachadas variopintas y buses rojos, barrios de ladrillo cocido, bares de salsa que sudan más que yo y montañas que me orientan siempre en la vida. Hoy estoy lejos de los humedales con margaritas y los urapanes desnudándose incesantemente, pero le doy un tironcito al hilo y vuelvo a tener botas y vestido mientras camino por la Décima buscando mi archivo.