Requiem
Hace cuatro años estábamos en la construcción de ese sueño duro, fuerte que se nos fue de las manos. Hace cuatro años nos fuimos desbaratando entre el barro y la lluvia, que juntos tienen la condición de acabar con lo que no sea raíz, con lo que no alimentan. Yo recuerdo tu cara, feliz, en el salto al vacío que fue semejante vacaloca, soñar un poco acá, un poco allá... y luego tu cansancio y mi desilusión cuando me di cuenta que el hombre que me había jurado vida y muerte ya no existía, se quedaba en lo apenas duro, en la tristeza, en el cansancio y me dejaba todo a mi. A mi que ya venía cargada, que nací cansada, que tomé todas las cargas de la historia y me las eché al hombro.
Te cansaste. Y con tu cansancio el desamor, y en mi búsqueda, en mi sueño, en esa construcción que me monté sola de la casa, excavé tanto tu cariño que te dejé hueco. No era tu culpa, no fue la mía. Nunca debimos haber sido más que un encuentro. Pero me dio por convertirte en esposo, y en asignarte una serie de cualidades que nunca quisiste tener. Tú todo batería y yo toda percusión, pensando que lo que faltaba era música. Y lo que faltaba era vida, ganas, experiencia, dulzura.
Nuestras manos que nunca se volvieron a encontrar en la felicidad del cuerpo, se volvieron desconocidas, con pequeños reencuentros forzados por nuestra idea de amar. Era como leer libros distintos y querer hacer una reseña común. La imposibilidad de los lenguajes dispares en una conversación que nunca se pudo dar.
Y mientras tanto un niño en el medio, y yo envejeciendo, con este cansancio en los hombros, en los brazos, en la cadera. Cada día menos cosa y más éter. Ya con el amor gastado. Ya con la tristeza adherida a mis tejidos como una cicatriz. Sin el empuje, sin la esperanza, tomando un café que preferiría botar a la basura y no volver a oler, a sentir, a pensar.
Y nuestra casa enmalezándose en medio de la montaña. Toda raíz ella. Con un bosque creciendo adentro y afuera. Con la cocina pudriéndose de hambre y con moho en las habitaciones. Como tu dejadéz, como mi desamor.
Hoy otra vez lloro el desencuentro, lloro mi casa, mi tierra, mis flores, mis plantas. A ti no. A ti... la alegría de verte nuevamente libre, feliz, en la comodidad tranquila que te rodea y a la que no pude acostumbrarme. Te perdí y me siento libre y despojada. Es duro esto de amar a pérdida. Me despido otra vez, intentando perdonarte, por no haber crecido a la altura de nuestros sueños. Por haberme cobrado no seguir encogida en un amor de baúl.

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