La tierra dejó de ser nuestra

Conservábamos los patios:  
pequeños espacios de tierra 
en los que sembrar  
flores, aromáticas, frutales.
Jardines y solares, 
lugares con barro y sol, 
individuales y comunes.

También estaban los parques. 
Bancas y sombras,  
la armonía del viento entre las hojas... 
solo caminar, observar,
dibujar o leer  
en bancas de madera 
habitadas por la misma hospitalidad  
que sembró los mangos y guayabos 
en la ciudad.


En lo común, el cuidado:  
un cariño propio y compartido 
por avenidas, fachadas,  
humanos y animales por igual.
Estudiábamos y éramos uno 
en universidades abiertas y pobladas, Dartagnanes de veredas y ciudades, 
con títulos como picos y blandones.
Poco a poco, sin embargo,
la Tierra dejó de ser nuestra
y con ella todo lo que importaba.

El amor, ahora, en cajitas y pantallas, desconectado, agresivo, tacaño.
Leñador eterno
de árboles y danzones,  
atrapa-parques entre mallas 
y policías conductuales:
“Aquí no se lee, no se fuma,
no se camina. 
Espacio restringido.  
Exclusivo para instagram 
y perritos algodonados”.

Pero resistimos. 

Tormentas entre viveros y running,
jardincitos miniatura en nuestras ventanas, carnavales de ventanillas 
los viernes y las madrugadas,
y uno que otro beso furtivo
bajo el vuelo de las garzas al atardecer.

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