Piaba el pichón
escondido
en un huequito
de un murito
de ladrillos
en la calle
por la que regularmente paso
Piaba tan fuerte
-tanto-
que llegó a mis oídos llenos
de "la historia de la artesanía
y el origen del museo
y sus obras de terracota".
Me agaché.
Sin muchas esperanzas
le ofrecí el índice
que sintió
(primero)
la rugosidad de una patita,
(y luego)
la dureza afilada de la otra.
Entre tanto,
y mientras el envueltito de plumas
se acomodaba en mi mano,
un canario y un azulejo
nos empujaban con su vuelo
a un árbol cercano.
Les juro que Blancanieves me hubiera envidiado.
Qué otra indicación se requiere
-dirían ellos-
y yo,
metro cincuenta a bordo
me empiné todo lo posible
para dejarlo,
suavemente y con cuidado,
en una saliente con barbas y musgo.
El miranchurito subió
escalando a saltitos
y un canario
y un azulejo
y un miranchurito oscuro, viejo,
y dos palomas
guiaban el camino.
Habrase visto pichón tan bien cuidado
y colaboración interespecies tan mancomunada.
Lástima.
Me perdí de lo que le atribuían
a Marta Traba
y de la diferencia entre
baja (murito)
y alta (copa)
cultura.
Comentarios
Publicar un comentario