Novena, día noveno.

Durante el embarazo caminaba por la quebrada La Vieja. Me llenaba los pulmones de aire puro y me sentaba cerca del agua para que Joaquín sintiera que la tierra lo llamaba, que el agua y el aire iban a estar ahí para él. Comí cosas ricas, bailé, canté. Quería que el hombre que se gestaba en mí sintiera lo más hermoso de la vida para que naciera con gusto y ganas.

Es la noche que anuncia el solsticio. Ya María hace nueve meses que dijo sí. Ya la tierra floreció, se hizo fruto y es hora de recoger. 

Es hora de celebrar.

Levantémonos con el alma limpia y el cuerpo ligero. Antes de hacer el café, olámoslo, imaginemos el sabor en la boca. Tomemos la taza con las manos y dejemos que el calor que sentimos le dé su color coral al amanecer.

Preparémonos. Viene un nacimiento.

Esta noche nos encontramos con nosotros mismos y mañana con los otros. Es nuestra comunidad y nuestro alivio. Mañana cantamos con el corazón y la frente en alto.

En el solsticio se celebra la cosecha. Se baila, se canta, se da un pedacito de lo que uno sembró a la tierra como ofrenda. Celebrar es, al tiempo, ofrecer lo que se tiene y dejar que la comunidad provea lo que no. Jesucristo ofrece pan y vino, ofrece peces, ofrece curación, perdón y, al final, se ofrece a sí mismo para que la humanidad entera pueda vivir.

Llenémonos el cuerpo de aire limpio, digámosle al día que vale la pena el amanecer y a los pájaros que ya no van a tener que dejar de cantar. No hay necesidad de que nadie más muera porque estamos listos para la vida. Mañana nacemos en la esperanza y la fe. Mañana ofrecemos el corazón, las manos, la mirada de nuevo.


Por el río y por el páramo. Por los animales, los insectos, los hongos y las plantas. Por las piedras y los peces. Por las vidas que quieren descansar del trabajo y por las que apenas empiezan a gatear por la tierra. Porque en este mundo cabemos todos.

Mañana somos la vida.




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