Novena, día quinto.

Hace muchos años, casi treinta, tuve una crisis frente a la idea de Dios y de religión con la que había convivido hasta ese momento. No fue resuelta sino hasta varios años después, cuando, en los Llanos, por el Ariari, pude asistir a una misa en una escuela que había sido refugio de paras y ejército. Recuerdo que nos sentamos con la gente de la comunidad con la que fuimos y, mientras un grupo uniformado nos miraba desde otro lugar de esa escuela, los sacerdotes bendijeron la comida, hablaron sobre la palabra de Dios, cantamos, nos dimos la paz.

Lo que para mí fue ese momento es casi inexplicable. Fue un acto de dignidad, de recuperación del territorio, un acto simbólico en el que se superpusieron un lugar amado (la escuela rural) con una especie de revelación: Dios estaba ahí. No importaba cuánto peleara yo con la idea que había tenido de Iglesia, con los ritos, con la religión. Eso que había pasado mientras compartíamos pan, fruta, café, vino hechos cuerpo y sangre de Cristo por la fe; la reconciliación con los miembros de la comunidad; el agradecimiento de poder juntarnos en ese lugar; el deseo profundo de que hubiera paz en el corazón y en el territorio... eso era una religión que yo podía habitar.

Desde ahí he entendido todo acto religioso. Desde ahí leo esta encarnación de Dios en Jesús, y desde ahí la comprendo. Dios no se hizo hombre en un faraón, con un ejército y riquezas a su disposición. Dios se hizo hombre naciendo del cuerpo de una mujer sencilla y pobre; se hizo hombre en un muchacho que era carpintero y pescador, en un pueblo que estaba resistiendo la colonización romana y que había logrado liberarse de la egipcia anteriormente.

Es esto, quizá, algo de lo que debemos recordar de esta religión que profesamos los católicos. El camino no está en las iglesias o en la parafernalia. Está en la vida de un muchacho que decide tomar un camino de servicio a los otros; de una mujer que entrega su amor a un hijo que sorprendió su vida desde el inicio; en un hombre que decide ser padre y esposo aun cuando no era lo esperado. Esta religión nos recuerda la elección de Jesús frente a Pilatos y su decisión de no traicionar a su pueblo.

Nuestra religión empieza en el sueño del mundo y nos ratifica la necesidad de anteponer el amor sobre todas las cosas. No el amor egoísta, sino el amor como ética y como decisión de vida.

Dios, padre y madre de vida, permítenos obrar dentro del amor, elegir dentro del amor, construir dentro del amor. Amén.



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