Novena, día segundo.
Señor Dios, soy Lucía.
No sé cómo empezar hoy. Tengo migraña y no quiero estar frente al computador. Así que hoy es diferente... más corto, más al grano.
En este segundo día quiero pensar sobre el camino del pueblo de Dios a través del desierto, buscando la tierra prometida. Quiero pensar en los días en que se sintieron abandonados, olvidados; en la rabia que les dio no encontrar el descanso, la tranquilidad y la perfección pronto. Los días en los que el hambre primaba sobre la esperanza, en los que la rabia se establecía en el pueblo elegido. Los días en los que le decían a Moisés: “¿Acaso no había tumbas en Egipto para que nos hayas traído a morir al desierto?”; los días en los que ni abrir el mar ni hacer llover maná era suficiente.
Un pueblo cansado y esclavo prefiere ser esclavo a morir de hambre y de sed, pero tiene la esperanza y la fe. La fe en que Dios va a cumplir la palabra dada a través de Moisés. Y es en la fe que hay en Dios, en Moisés y en su futuro como comunidad que se logra construir la Alianza. Una alianza en la que, para dar lo prometido, Dios establece normas mínimas de convivencia: no solo los diez mandamientos, sino todo lo que viene con ellos y después de ellos: cómo debo ser frente a los demás, cuál es mi responsabilidad frente a mi comunidad para el cuidado de la tierra y de mis hermanos.
Dice el Éxodo 23:
No atestigües en falso ni ayudes al malvado dando un testimonio injusto.
No sigas a la mayoría para obrar mal; no desviarás la justicia para decir lo que todos dicen.
Si ves caído con la carga al burro del que te quiere mal, no pases de largo, sino ayúdalo a levantarlo.
No tuerzas el derecho del pobre en su pleito.
Aléjate de la mentira. No harás morir al inocente ni al justo, porque yo no perdonaré al culpable.
No recibas regalos, porque los regalos deslumbran a los prudentes y perjudican los derechos de los justos.
Este mandato me invita a preguntarme, hoy, cómo quiere Dios a mi comunidad. Dios no nos liberó para que nos hagamos esclavos ni para que esclavicemos a otros. Dios quiere que nos cuidemos, que seamos justos, solidarios, honestos. No hay justicia en la venganza; no hay Dios en la injusticia.
Señor, permítenos ser justos, honestos, rectos. Ayúdanos a tener un gobernante que cumpla tus mandatos: uno que ame su comunidad y no tuerza el derecho de ningún pobre en su pleito; uno que no desvíe la justicia; uno que no reciba regalos para perjudicar a los justos; uno que no atestigüe en falso. Amén.

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