Novena, día séptimo
En las novenas decembrinas, el día siete siempre se sentía como si ya fuera Navidad. Era tan cerca, tan dulce... La novena del día siete era ver a los reyes acercándose al niño en el pesebre y todo disponiéndose. Algunos regalos ya estaban. La familia lejana visitaba o íbamos a visitarla. Tomábamos piña colada, sabajón, galletitas... comprábamos lo de la cena.
Ya se acerca el nacimiento.
Me pregunto cómo va a ser este país en estos cuatro años que vienen. Qué va a existir para mi hijo. Pienso en el terror de María al ver cómo Jesús (el hombre) iba siendo perfilado por los romanos, cómo sus seguidores lo iban traicionando, cómo uno de sus amigos cercanos lo vendió. Cierro los ojos y pido profundamente por el cese de ese dolor. Ninguna madre debería sentir miedo de que a su hijo lo vayan a matar, a desaparecer, a torturar. Ni María cuando supo lo que sería Jesús, cuando, siendo solo un niño, lo encontró en el templo. Ni ninguna madre. Ninguna.
Pero en Colombia el miedo es memoria. Una memoria que no queremos ver para no tener que afrontarla. Y, sin embargo, están siempre las Marías, las madres víctimas del conflicto que han decidido cargar la cruz y buscar a sus hijos, enterrarlos, perdonar a sus asesinos (de donde vengan), solo para sanar y evitar más muertes. También he visto el miedo siendo presente y futuro. El miedo como guerra, como rabia, como ese ser que se aprovecha del dolor ajeno y compra con la amenaza de comprarle a la viuda. Cuántos vivos no han caído mil y una veces en la tentación del desierto, y cuántos no caeremos. Cuántos de nosotros no negaríamos el dolor de los demás solo para no enfrentarnos a la realidad de nuestra falta de acción.
Ya casi llega el último día. No nos neguemos a continuar buscando la paz sin armas. No crucifiquemos a Jesús todos los días. No cerremos los ojos ante el dolor de las madres, los hijos, los hermanos, la tierra. Opongámonos activamente a ser los artífices del dolor ajeno, insistamos en el diálogo, permitamos que nuestros hijos crean en la vida, crezcan en la vida. Tercamente.
En el día siete preparémonos para celebrar el triunfo de la vida sobre la muerte. Seamos Jesús en el desierto, busquemos profundamente la palabra de Dios... a pesar de Pilatos y Judas, de los romanos y de todas las formas de quebrar nuestra insistencia en la paz.

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