Novena, día tercero
Ayer, entre ensayo de coro, migrañas y demás, me senté a preparar el segundo texto. Estaba yo con la Biblia abierta, leyendo con concentración el Éxodo, cuando un profesor se me acercó, me saludó y me miró muy raro. Hoy caí en cuenta. Mis estudiantes saben que soy católica, aunque seguramente creen que soy una católica sui géneris. Mis compañeros y mis amigos... no. Pero es, al fin y al cabo, este el tejido que me une con mi historia y que urde mi camino. Esta forma profundamente comprometida de ver a Dios, esta forma profundamente espiritual de sentir la política.
Porque Dios, para mí (y acá me río con Satrapi), es el viejo barbudo al que Marx le copió la pinta y la ética. Dios, dice la Biblia, es. Si en el principio de la historia es creación, luego es, para el pueblo, liberación. Dios es la tierra y las plantas, las aves y los insectos. Es el hombre y la mujer, los niños y los ancianos. Es la comunidad y es su pueblo. Es aire y es lluvia, es sol, estrellas, día y noche. Es conocimiento y es misterio. Pero también es cómo somos con el otro. Lo que hacemos y la forma en que lo hacemos. Dios es una ética y una práctica, y es la vida y es la materia. Dios es el perdón infinito y es la justicia. Es la prosperidad y es la pobreza. Y creo que quien conoce alguito de Dios sabe que no hay contradicción en esto que digo. Por eso pienso...
¿Cómo va a amar a Dios quien dañe, esclavice, explote su creación?
No puedo entender a nadie que crea que Dios es algo diferente a amar, profundamente, la tierra y todo lo que en ella habita. Porque verle es simple: está en los ojos del otro, en las manos del otro y en mi amor hecho obra, palabra, canción. Dios es obra y gracia, dulzura y risa, canto y verdor. Es el único mandamiento.
Votemos, pues, desde el amor, la creación y la liberación. Pues es promesa y palabra que Dios nunca pasará, que el amor nunca pasará.


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