La bella

Si el famosísimo hilo rojo existe,
el mío tiene un centro amarillito
y se le olvidó que me tenía que unir
con una persona,
no con una porción de tierra,
una paleta de colores
y un canto de madrugada.

Se divierte enredándome
con calles de fachadas variopintas y buses rojos,
barrios de ladrillo cocido,
bares de salsa que sudan más que yo
y montañas que me orientan
siempre
en la vida.

Hoy estoy lejos
de los humedales con margaritas

y los urapanes desnudándose 
incesantemente,
pero 
le doy un tironcito al hilo
y vuelvo a tener botas y vestido
mientras camino por la Décima
buscando mi archivo.






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