No hay un día,
no en estos últimos tiempos,
en el que el viento entre
por la ventana,
mueva las cortinas,
y despeine un poco los helechos.
no en estos últimos tiempos,
en el que el viento entre
por la ventana,
mueva las cortinas,
y despeine un poco los helechos.
Hay siempre
un ruido en el vidrio,
una especie de resolana
que quema el mosquitero,
un olor fétido viajando,
algún bicho atrapado,
algo demasiado, todo el tiempo.
Hace unos pocos, por ejemplo
se regó el café:
todo el piso de la cocina
se cubrió de granos oscuros y pelos de perro
mientras en la sala
hojas de distinta naturaleza
y en el pecho
esta inhabitancia
de recuerdos y tiempo por igual.
Después,
me avisaron de la mordedura de un perro,
de la falta de agencia de la vejez.
Hombre,
yo soy una mujer
apenas saliendo del medioevo
a punta de letras y escoba.
Hoy, para colmo de males,
murió una luz
una de esas que era faro y hoguera.
Y no tengo una iglesia cerca,
ni un amigo cerca.
O sí. Hay iglesias y hay amigos.
Pero ninguno de los últimos
que sepa habitar las primeras,
o ninguna de las primeras
en la que quepa yo.

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